Modelo educativo desde la revolución industrial

La Revolución Industrial representa un hito esencial para explicar la historia reciente de la humanidad. Además del cambio sustancial y profundo que indujo en el modelo de producción y en la estructura misma de la sociedad, es pertinente revisar los cambios que produjo en la educación, la mayoría de los cuales permanecen inmutables hasta el día de hoy.

La Revolución Industrial que se produjo aproximadamente entre 1760 y 1840, significó la transición de una economía basada en la agricultura y en la producción artesanal a una economía cuyo eje central fue la producción industrial. Esto ocurrió gracias a un detonador principal que fue el desarrollo y la incorporación de la máquina de vapor (sobre su invención hay diversas opiniones, puesto que hay referencia histórica de un invento llamado “aelópila”, una máquina de vapor diseñada por Herón de Alejandría en el siglo I d.C. Sin embargo, la primera patente de una máquina de esta naturaleza la registró el español Jerónimo de Ayanz y Beaumont en 1606. Pero, quizás la que desató su uso de forma más transformadora fue la patentada por el escocés James Watt en 1769).

El uso de esta máquina, significó un masivo desplazamiento de la fuerza laboral que se ocupaba de los procesos de producción artesanal y agrícola y una migración de personas del campo a la ciudad. También significó el desarrollo y posicionamiento del ferrocarril como el principal medio de transporte.

Este drástico cambio en la sociedad, junto con un descontrolado crecimiento de la población urbana presionó el desarrollo de la educación como mecanismo para disciplinar a la población, estandarizar las costumbres y mejorar las capacidades para el trabajo productivo.

Como resultado fue la constitución de instituciones educativas que implementaron modelos de gestión y pedagogías que buscaban la eficiencia del proceso educativo a partir de su masificación (el propósito no era otro que educar y disciplinar al mayor número de personas para la vida en sociedad y el trabajo productivo en un mismo espacio y en el menor tiempo y optimizando los recursos requeridos para ello).

Un par de décadas después de consolidarse los cambios provocados por la Revolución Industrial, a mediados del siglo XIX, se inicia otro período de transformaciones marcado esta vez por el uso de nuevas fuentes de energía como la electricidad y los denominados combustibles fósiles. Este período, que ha sido denominado por diversos analistas como la Segunda Revolución Industrial, condujo a una alta tecnificación para la producción en grandes volúmenes y una alta división del trabajo por la implementación de cadenas de montaje basada en funciones muy especializadas.

Esto aumentó la demanda de personas entrenadas para desempeñar oficios cada vez más especializados y contribuyó a consolidar un sistema educativo de naturaleza también industrial, dado que sus propósitos eran estandarizar y masificar, en el mayor grado posible, la enseñanza. Desde allí y hasta ahora, los cambios en la educación han sido pocos, pese a que durante el siglo XX se propusieron y estudiaron diversas teorías del aprendizaje que planteaban alternativas más eficientes, efectivas y pertinentes para los procesos de enseñanza-aprendizaje.

Quizás, la principal razón para que dicho modelo haya prevalecido en el tiempo con ninguno o muy pocos cambios de fondo, radica en que es una excelente opción para gestionar los recursos y los procesos educativos de forma rentable. Sin embargo, desde la perspectiva del aprendizaje, es poco efectivo debido a que desconoce de plano las necesidades, los intereses y otras condiciones particulares de los estudiantes, estandarizando procesos y recursos que de ninguna manera pueden producir resultados uniformes (como si ocurre en los procesos industriales).

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